miércoles, 21 de septiembre de 2011

UN ALIMENTO PRIMORDIAL

La leche materna contiene bacterias que, una vez en el intestino infantil, desempeñan funciones biológicas relevantes.

La leche materna confiere al recién nacido una notable protección frente a enfermedades infecciosas gracias a la acción combinada de diversos componentes: inmunoglobulinas, células inmunocompetentes, ácidos grasos, oligosacáridos, péptidos, etc.



En fecha reciente se ha demostrado que este fluido biológico es, además, una fuente de bacterias comensales o probióticas para el intestino infantil. Se trata de un hallazgo relevante ya que tradicionalmente se había considerado que la leche materna era estéril. Entre las bacterias que se aíslan con mayor frecuencia de la leche humana destacan estafilococos, estreptococos, bifidobacterias y bacterias lácticas (como los lactobacilos).

FUNCIÓN BACTERIANA

La leche humana constituye un factor clave en la iniciación y el desarrollo de la microbiota intestinal del neonato, ya que garantiza un aporte constante de bacterias durante toda la lactancia.



En los últimos años, los problemas asociados a la difusión de bacterias resistentes a antibióticos han conducido a un renovado interés por la bacteroterapia, una práctica que hace uso de bacterias comensales o probióticas para prevenir o tratar la colonización del hospedador por parte de microorganismos patógenos.

MIGRACIÓN BACTERIANA

Las bacterias presentes en el intestino de la madre se transfieren al intestino del lactante a través de una compleja ruta interna. Primero, las células dendríticas penetran el epitelio intestinal materno mediante la apertura de las zonas de oclusión entre enterocitos adyacentes. Luego, proyectan a la luz del intestino sus dendritas, que les permiten captar bacterias. Una vez unidas a las células dendríticas, las bacterias siguen una ruta enteromamaria que les lleva de la mucosa intestinal a la glándula mamaria. Por fin, transportadas por la leche materna, las bacterias llegarán al intestino del bebé.

La estrategia realizada por la leche materna se basa en el principio de exclusión competitiva, por el que ciertas bacterias no patógenas se imponen sobre los patógenos cuando compiten por el mismo nicho ecológico.

La leche materna es el único alimento ingerido por un gran número de neonatos, una población muy sensible a las enfermedades infecciosas. En consecuencia, el aislamiento de bacterias con propiedades beneficiosas para la salud de los niños a partir de leche humana resulta particularmente atractivo ya que, por su propia naturaleza, cumplen algunos de los requisitos recomendados para bacterias empleadas a modo de probióticos humanos: origen humano, ingestión infantil prolongada sin efectos adversos y adaptación tanto a mucosas como a substratos lácteos. De hecho, los lactobacilos aislados de leche materna poseen un potencial probiótico similar o superior al de ciertas cepas de gran difusión comercial.

Otras bacterias de la leche también pueden resultar útiles para reducir la incidencia de patógenos en neonatos de alto riesgo expuestos a ambientes hospitalarios. Por ejemplo, algunos estafilococos y estreptococos no patógenos aislados de leche humana son capaces de impedir la colonización de los neonatos por parte de sus "congéneres" patógenos.

Asimismo, las bacterias de la leche materna podrían cumplir una función protectora frente a procesos alérgicos. La leche materna es la principal fuente de bacterias comensales para el intestino del lactante y se considera que las bacterias intestinales son uno de los estímulos más importantes para el desarrollo del tejido linfoide asociado a la mucosa intestinal, lo que conduce a una correcta maduración del sistema inmunitario infantil y, en consecuencia, promueve procesos antiinfecciosos y antialérgicos.

Por fin, la presencia de bacterias en la leche humana también podría explicar, al menos parcialmente, la abundancia de ciertas sustancias biológicamente activas en dicho fluido, ya que algunos de estos microorganismos tienen un gran potencial para sintetizar oligosacáridos, antioxidantes (glutatión), poliaminas y diversas vitaminas, entre otras moléculas.

DEL INTESTINO MATERNO AL INFANTIL

La mayor de las bacterias existentes en la leche materna proceden de la microbiota intestinal de la madre y acceden al epitelio de la glándula mamaria a través de una ruta interna. Para ello, las células dendríticas (células del sistema inmunitario) existentes en el intestino humano son capaces de abrirse camino entre las células epiteliales, proyectar ramificaciones al interior del tubo y captar células viables, preservando la integridad de la barrera intestinal. Una vez unidas a las células dendríticas, las bacterias pueden propagarse a epitelios distantes, como el mamario. Y, por fin, a través de la leche materna, los microorganismos llegan al intestino del bebé.

Precisamente durante los últimos meses de gestación y toda la lactancia se establece la ruta entero mamaria, una conexión entre la mucosa intestinal y la glándula mamaria responsable de la acumulación selectiva de células inmunitarias en la leche. Además de la capacidad de translocación, las bacterias del intestino materno reúnen otras dos propiedades que les permiten alcanzar el epitelio de la glándula mamaria y, posteriormente, el intestino del niño: capacidad para sobrevivir durante el tránsito por la circulación sistémica y capacidad para sobrevivir durante el tránsito por el aparato digestivo del lactante.

En consecuencia, podemos hablar de la existencia de una microbiota mamaria  "temporal" cuya formación se inicia durante el último tercio del embarazo y que desaparece tras el destete. Ello sugiere que la modulación de la microbiota intestinal de la madre durante el embarazo y la lactancia puede tener un efecto directo en la salud de los lactantes.

Autor: Juan Miguel Rodríguez Gómez. Departamento de nutrición, bromatología y tecnología de los alimentos. Universidad Complutense de Madrid

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